Entraba Madre Angelina en la clase con sus pies del treinta y cuatro, su medio metro de estatura y su olor a limpio, a monja. Porque las monjas huelen a limpio. Crujían las maderas relavadas del suelo, que no parqué, hasta que llegaba a la tarima donde estaba su mesa y subía y sumaba unos pocos centímetros más de poder, algo más cerca de la foto del El Caudillo que quedaba a su espalda en el centro de la pared.
Nosotras, todas niñas, ¡faltaría más! aporreábamos a su paso las crueles teclas de borde metálico de nuestras máquinas de escribir. A,s,d,e,f,g,a,s,d,f,g,a,s,d,e,f,g, una y otra vez. Nos mandaba entregarle los ejercicios mecanográficos, se bajaba las gafas casi hasta la punta de la nariz, y los escudriñaba para medir nuestra honradez en su ausencia.
Tras la supervisión, al tiempo que abría su ejemplar de “Vidas de Santos” nos invitaba a sacar de nuestras carteras el cuaderno de taquigrafía. Y empezaba a dictar.
Difícil adecuar los caracteres abreviados aprendidos al ritmo de lectura de la Madre cuando narraba los diferentes martirios y sufrimientos a que eran sometidos los pobres santos. La imaginación volaba a la parrilla de San Lorenzo o la piel arrancada a tiras de San Bartolomé. Durante el dictado siempre me preguntaba por qué mi padre se había empeñado en que aprendiera estas materias “de mucha utilidad para el futuro” si yo lo que quería era aprender a tocar el piano, como mi prima Mari Carmen que se lo pasaba de maravilla en la clase de al lado. Un padre práctico.
El tecleo y los santos eran meros incidentes, lo importante era aprobar.
Las niñas provincianas, nos íbamos de exámenes a Madrid, a la Plaza de la Villa de la capital, a por nuestros títulos.
Y entrábamos acobardadas pueblerinas en la “Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País”, mientras Madre Angelina, con su hábito inmaculado y su desparpajo de ciento cincuenta centímetros, saludaba eufórica a los miembros del Tribunal, a la vez que intercambiaba con ellos susurros.
Extraordinarias calificaciones las niñas de las Madres Concepcionistas estampadas en sus correspondientes tarjetitas verde agua.
Creo que gracias a Madre Angelina, también a mi padre y a esos miembros del Tribunal tan simpáticos, conseguí mis títulos de Mecanografía y Taquigrafía cuando contaba solo ocho años. Pero además sabía escribir con todos los dedos y con una velocidad más que respetable a esa edad. Circunstancia que me vino de maravilla cuando inicié mis estudios en la Universidad.
De la taquigrafía no puedo decir lo mismo, solamente enseñarles a mis hijos el diploma y recordar algunos signos y aquellas tardes de dictados morbosos de dolor.
Actualmente, soy agnóstica y no me gusta colocarme demasiados adornos de joyería ni bisutería. Curiosamente la gargantilla que más me pongo en mi cuello es la parrilla de San Lorenzo labrada en oro, es la más agradable de llevar, la que menos me molesta. No entiendo por qué es mi preferida.
Siento que nunca podré encontrarme nunca más con Madre Angelina, que estará en el cielo. Con San Lorenzo y todos sus santos.
Este es el resumen de un tiempo que no estuve porque quiero volver a estar. Dolor de una hija por Navidades, añorada madre. Enfermedad romántica de la hija, dolor de una madre. Crisis matrimonial curada con tiritas y sexo sin comunión. Crisis de voluntad, cigarrillos en mis dedos otra vez.
Algo bueno también. No pierdo el optimismo, están mis hijos, los amigos, las clases de pintura, los partidos de pijo-padel y la certeza de que algo bueno va a acontecer.
Por lo menos quince suspiros en un dia, quizás veinte. ¡Ay que pena de mi madre!...Que vulgar que suena, pero que profundidad oscura y espesa tienen esas palabras cuando salen por mi boca empujadas por un chorro intermitente de disgusto, de tragedia.
Hace ya seis meses que he perdido a mi madre y no se me pasa la pena. Es bastante terrible esto de ser huérfana.
No me mires así. Suprime ese gesto iracundo, te lo pido por la gloria de tu padre. Sabías que no quedaba insecticida y no quisiste ir a comprar porque estabas perezoso.
Enfadarte solamente porque no me ha quedado otro remedio que espachurrar con tu camiseta amarilla ese mosquito gordo, asesino, crecido con la sangre que anoche me robó; la verdad, no tiene sentido.
Tranquilo, los restos del insecto succionador y los glóbulos rojos ya granates, que impregnan tu querida prenda y el cateto gotelé de la pared que tanto odio, luego los limpio.
¿Contento?
Y otra vez aquí; intentando superar el silencio de estos meses de calor. Con poco que decir, pesimista. Con mucho que contar, cobarde. En este tiempo, dos tintes en el pelo, de rubia a morena, y otra vez rubia sin fecha. Masa corporal veintiuno, no está mal. Escenario, la rutina, de nuevo, chorreando por los techos manchando las paredes. Estado de ánimo, cumpliendo con la estadística de la depresión otoñal.
En el plano laboral, nuevo destino; haciéndome con él. Descubriendo intrigas, tanteando el lobby más interesante para mi ubicación.
Volviendo de algún sitio y buscándome porque no me encuentro. A ver qué pasa. No prometo nada.
Imágen: "Obreros volviendo a casa", Edvard Munch
"Vídeo parodia del famoso anuncio de Nike en el que Ronaldinho prueba unas botas nuevas y da en el largero con el balón seguido."
...que me imagino hará furor después de las críticas recibidas tras su paso por el mundial de Alemania.
Un pesar terrible; arrepentida y avergonzada. Por carácter no soy comedida; con unos cuantos miligramos de alcohol en la sangre soy una imprudente. Fiesta, cerveza, vino, champán y tres mojitos para cerrar. Un torrente de verborrea inoportuna e hiriente vomitada sobre mis superiores jerárquicos. Desenfreno de mi yo no diplomático. Rebeldía de mi vulgaridad solapada.
Sin duda una valentía efímera. Combatiendo la hegemonía con barricada alcohólica y no con arte militar.