PALETILLA DE CORDERO A TU MANERA Y YO DE PINCHE

Menos mal que un año más te encargas del plato principal de la Nochebuena.
No dejas nada para el último momento y ya tienes todos los ingredientes.
Benito el carnicero, que en estos días despacha a sus clientes con ese ridículo gorro de Papá Noél, ya te ha reservado una paletilla de cordero especial, de las que no saben a lana, en la que solamente señalará cuatro o cinco cortes con su hacha.
En el frigorífico tienes controlados los tres calabacines y los tres tomates. En el cestillo de mimbre que nos regaló tu madre, las cuatro patatas, las dos cebollas y los cinco dientes de ajo que utilizarás, se distinguen del resto de iguales como elegidos.
Por ti, pondrías más cantidad de hortalizas, pero sabes que la bandeja del horno no lo soportaría.
Has comprobado, como un autómata, que tenemos sal, pimienta, aceite de oliva y vino blanco de cocina.
Y yo me encargaré de los entrantes y de ser tu pinche.
Todo está calculado. Quieres tener listo tu asado no más tarde de las diez.
A las ocho y cuarto de la noche sacarás la bandeja del horno para colocar los ingredientes, lo dejarás encendido a máxima potencia para que se vaya precalentando.
Pondrás sal, pimienta y aceite a toda la paletilla, y me mirarás con ojos cariñosos. Inmediatamente te comprenderé, y sabré que quieres que yo vaya pelando y troceando los calabacines a rodajas, dejándoles una vetita de verde sin quitar, y las patatas a la inglesa con algo más de grosor de lo habitual.
Lavarás los tomates y les harás un corte en cruz sin profundizar y dejarás intactos los dientes de ajo con su morada capa. Con un dulce beso en el cuello me indicarás que te prepare las cebollas. Conoces mi vena masoquista y cómo me gusta llorar. Te las entregaré peladas y cortadas en cuartos.
Y todo a la bandeja, coronando la paletilla; excepto los ajos que, con cuidado colocarás en los cortes que ha hecho Benito a la carne. Un vaso grande lleno de vino blanco vertido sobre los ingredientes y un chorrito de agua con disimulo. Más sal, más pimienta y un generoso chorro de aceite sobre la verdura. Ese es tu toque y esa tu responsabilidad.
Durante la hora y media en que los ciento setenta grados harán su parte en esta delicia gastronómica, vigilarás el estado de la situación. Según vayan las cosas, añadirás un poquito más de vino, que luego a todos nos gusta la salsa, y a los tres cuartos de hora darás la vuelta a la carne. Probablemente tengas que cubrir la verdura con papel de aluminio en el último tramo temporal del asado para que no se queme.
Entretanto, nos podremos permitir saborear el vermú blanco con tanto hielo y unas gotitas de ginebra que prepararé. Y me dirás qué ricas que me salen las almendras fritas con sal. Y la cocina, y también la casa se inundará de un delicioso olor que invitará a comer lo que has preparado.




manuel dijo
ya me has metido el hambre aisssss y aun queda para rematar la mañana, saludos.
23 Diciembre 2005 | 12:06 PM